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Humildad de los Sabios y de los Santos

Escritor

Los grandes sabios siempre han reconocido que apenas saben nada, porque el origen del mundo material no se comprende en absoluto, desde la razón. Esa humildad es similar a la de los grandes santos, que comprendieron y asumieron la gran verdad de que todo el mundo y todos los placeres de nuestra vida, nada valen en comparación con nuestro destino.

La soberbia es la falta de humildad, la falta de reconocimiento de que seríamos tan insignificantes como una gota de agua en un río, si no fuera por la Vida Eterna que nos ofrece nuestro Padre.

La humildad cristiana radica también en la aceptación de que, en esta vida, sólo podemos conocer de Dios lo que nos ha revelado Su Hijo, por medio de la Iglesia que Él fundó. Corresponde a Su Iglesia transmitir fielmente Su Doctrina, sin mezclar lo fundamental, la Fe, la Esperanza y la Caridad, con cuestiones mundanas, materialistas y discutibles.

Cuando algunos cuestionan la evolución de la Iglesia a lo largo del tiempo, debemos responder que la Iglesia que permanece y permanecerá es la que transmite la Doctrina que no puede cambiar porque es la Palabra de Dios, no los errores humanos de sus miembros, entre los que destacan la soberbia, el materialismo, el relativismo y la ambigüedad. La ambigüedad produce inseguridad. No es posible creer a medias. Ahora hay muchos que confunden los mandamientos de amar a Dios y al prójimo con la simple solidaridad humanista, que está muy bien, pero sólo es un pálido reflejo de lo que debe ser nuestra imitación a Cristo.

“Dios nos hizo a su imagen y semejanza” es un mensaje bíblico que nos recuerda nuestra capacidad de amar y por muy difícil que nos parezca a veces amar al prójimo, si reconocemos con humildad nuestros fallos y reiteramos nuestros mejores propósitos, ese es el Camino seguro que nos permitirá vivir y morir en paz en este mundo, confiados en Su promesa de Vida Eterna.