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La crisis de Cataluña y los obispos

Cardenal Ricardo Blázquez

Me duele el descrédito en el que hubiera podido caer el cardenal Blázquez, a quien tuve el gusto de conocer en una conferencia organizada por esta revista y posteriormente en unas Jornadas de Católicos y Vida Pública y al que considero bueno en el sentido religioso, pero que a la vista del manifiesto emitido, parece que ha caído en ese "buenismo" que confunde el amor al prójimo con el pasteleo con quienes no respetan las leyes, sean laicos, clérigos u obispos. No es verdad que pueda haber sintonía, en ese tema, de la mayoría de los obispos españoles con unos obispos catalanes, entre tibios y colaboracionistas con una autoridad catalana que convoca un referéndum ilegal, con el propósito de romper una nación soberana.

El nacionalismo como defensa de derechos y de intereses de una comunidad es legítimo, siempre y cuando no fomente el odio sino el encuentro positivo que es fuente de riqueza para todos y asuma que romper algo compartido implica privar a unos, o a otros, o a todos de una riqueza común, lo cual no parece conciliable con la moral católica.

Respecto al diálogo, es bueno si se cumplen los requisitos del respeto entre quienes dialogan y de todos ellos al ordenamiento legal y es intrínsecamente perverso cuando se utiliza como herramienta trampa para prestar a los lobos disfraces de corderos.

Tal y como está el mundo en general y España en particular, desde una óptica religiosa, no podemos comprender que algunos obispos pierdan el tiempo buscando diálogos sobre la cuadratura del círculo soberanista, dando apariencia de legitimidad a un intento de fractura nacional. Parece que olvidan aquella lección de Cristo "Dad al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" o el popular dicho "zapatero a tus zapatos". Tampoco deberían olvidar que son nuestros pastores, nuestros guías, no nuestros compañeros de viaje en caminos mundanos, pues como también dijo Cristo "Mi Reino no es de este mundo".

Lo único claro es que a todos nos conviene mantener vivo el recuerdo de Fátima y rezar para que no triunfe la nueva revolución, de la que la crisis catalana es un eslabón y que niega todos los principios, valores y derechos.