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Nuestros hijos y nietos

Educarles es lo más importante que podemos hacer.

Los niños son como esponjas ávidas de aprender y cada ejemplo que les demos, incluso los más humildes gestos, les dejará una impronta para toda su vida. Eso es lo que creo significa esa frase Divina, sencilla y luminosa, a la vez "Dejad que los niños se acerquen a Mi" ¿Y los jóvenes? Valientes y generosos, pero llenos de contradicciones entre su rebeldía contra cualquier norma y su ingenuidad al creer cualquier mensaje mediático.

La transmisión de la verdad, como parte esencial de la buena educación, es a menudo enterrada por el montón de basura mediática que lo mismo afirma que el aborto es un derecho o que la eutanasia de ancianos y deficientes es lícita; que llega a negar la realidad científica de la diferencia sexual determinada por los cromosomas, con esa falacia expuesta en vallas publicitarias e incluso en libros escolares de que hay niños con vulva y niñas con pene...

El poder de la propaganda, especialmente la televisiva, es tal que pueden convencer a niños, jóvenes y adultos, poco formados, de que es correcta cualquier aberración, incluso matar a un inocente y de que es aberrante cualquier comportamiento coherente y conforme a los valores de nuestra civilización, como eran hasta hace bien poco, la vida, la familia, la libertad, el esfuerzo, la solidaridad y el respeto. Y la transposición de esos valores por los contravalores correspondientes, se lleva a cabo mediante el engaño, ese arma diabólica con la que se transmite cualquier mentira, sin duda para sustituir los sistemas políticos, económicos y sociales, por un nuevo imperio, basado en la manipulación publicitaria de las masas y su amasado, valga la redundancia, para convertirlas en esclavos de los nuevos señores del mundo.

Y las claves del engaño son el relativismo por el que se priva a los educandos de las referencias morales y el buenismo con el que se visten las mentiras en casi todas las cadenas de TV, según las cuales es buena cualquier religión, menos la nuestra, es buena cualquier patria, menos la nuestra, es buena cualquier ideología, aunque no respete la libertad y es bueno cualquier "tipo de familia", menos el natural.

Defender el derecho de las familias a la educación de sus hijos es la mejor contribución a la defensa de los niños y jóvenes y por tanto del futuro de la Humanidad.